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viernes, julio 12, 2024

Antares de la Luz: La secta del fin del mundo, el macabro documental de Netflix en el que sacrificaron un bebé porque lo creían el Anticristo

Los hechos sucedieron en Chile, en 2012.

Cómo fue la investigación y qué pasó con los integrantes del grupo.

El impactante filme documental Antares de la Luz: La secta del fin del mundo puede verse en Netflix. Trata sobre la formación de una secta liderada por Ramón Gustavo Castillo Gaete, quien se hizo llamar Antares de la Luz y se autodenominó como “el enviado de Dios en la Tierra”, cometiendo todo tipo de crímenes, incluyendo el sacrificio de un bebé. La secta, que presagiaba el fin del mundo para el 21 de diciembre de 2012, se radicó en Colliguay, en las proximidades de Valparaíso, Chile.

La película, dirigida por Santiago Correa y producida por Fábula, hace el seguimiento de sus crímenes y posterior enjuiciamiento de los integrantes del grupo, como también de la persecución Ramón Gustavo Castillo Gaete, a 12 años de los hechos. Y reúne la voz de la mayoría de sus protagonistas: investigadores, policías, abogados y jueces.

El film de Netflix se caracteriza por un puntilloso hilvanado de las acciones desde los comienzos mismos de la formación de la secta, con el testimonio abierto de Pablo Undurraga, el único ex-miembro de la agrupación que cuenta en primera persona los sucesos, y cuyo relato es tomado como hilo conductor del argumento.

Como base del eje central del argumento del documental, la propuesta de Netflix toma el libro Cinco gotas de sangre y aportes de la periodista de investigación policial Verónica Foxley, quien, además, es una de las protagonistas del filme.

“Cuando estalló el caso en la prensa a fines de abril del 2013, y la policía de Chile y de Perú buscaban a Antares, empezó a surgir mucha información sobre la secta y sus integrantes -explica Foxley en charla con Clarín-. Ahí lo único que se me pasaba por la cabeza es cómo pudieron hacer lo que hicieron. ¿Qué pasa en las mentes de jóvenes que tuvieron acceso a universidades, que tenían trabajos dentro de un marco de la lógica, y que aún así podían llegar a convencerse de que un “otro” podía ser Dios y en virtud de eso seguir a pie juntillas sus dictámenes”.

Y sigue: “¿Qué tan frágil puede ser la estructura de la personalidad para no encender las alarmas ante la inminencia del crimen de un bebe de tres días? ¿Cómo no darse cuenta que es una criatura inocente y no Lucifer, como lo llamaba Antares?”.

Una imagen de Ramón Gustavo Castillo Gaete, en "Antares de la luz: la secta del fin del mundo". Foto: NetflixUna imagen de Ramón Gustavo Castillo Gaete, en “Antares de la luz: la secta del fin del mundo”. Foto: Netflix

Un crimen sin precedentes

La investigadora, en aquél momento, quería conocer los mecanismos que habían operado en el grupo, quién era Antares, cómo ejerció su poder y también cuáles son los límites de la conciencia. En Chile no había precedente de un crimen así.

Vale la pena comentar que antes de creerse Dios, Castillo había ejercido como músico.

-La escuché decir que le interesa la investigación policial porque se vincula a las personas, a eso que las impacta y motiva. ¿Me podría contar, luego de toda tu experiencia en este caso, qué cree que fue lo que les pasó humanamente a los participantes de la secta Colliguay?

-Creo que en su mayoría eran personas con problemas psicológicos de base, con quiebres familiares, con muchas cicatrices y con una necesidad de encontrar una nueva forma de vida, pero a la vez, aunque sea una paradoja, creo que deseaban ser mejores personas, al punto de que querían participar en la salvación del mundo. Antares, como todos estos líderes o gurúes, tenía un ojo de cirujano para darse cuenta a quienes podía reclutar. Por eso, fue tan efectivo.

El libro de Foxley cuenta la historia completa de Antares y logra entrar en el corazón de la secta, en el proceso de control mental y de delirio de este grupo. En él se narra la historia desde sus orígenes, los detalles de cómo fue el proceso de “despertar” de cada uno. A través de sus capítulos la historia va asumiendo un giro dramático y feroz. Además logra perfilar a Antares desde que era un músico tranquilo, solitario, con dolores en su cuerpo, pero que parecía un sujeto común y corriente, hasta llegar a autoerigirse como Dios.

Pablo Undurraga da su testimonio para "Antares de la luz: la secta del fin del mundo". Fue condenado a cinco años. Foto: NetflixPablo Undurraga da su testimonio para “Antares de la luz: la secta del fin del mundo”. Fue condenado a cinco años. Foto: Netflix

“En el libro se describen capítulos muy importantes en esta historia, como lo es el sacrificio del bebé, el fin del mundo que no fue y la huida de Antares a Perú que culmina con sus últimos días y su muerte en una casa abandonada en Cusco”, completa la periodista. Todos hechos que son relatados en el documental a partir de los aportes de la propia madre de la recién nacida, Undurraga, policías e investigadores, además de la propia Foxley.

Las condenas

Considerado la mano derecha de Castillo, Undurraga fue condenado a cinco años de prisión efectiva por su participación como autor de homicidio calificado. El tribunal argumentó que no actuó bajo el concepto de delirio místico compartido. También observó que tuvo la capacidad de salir de la secta.

Por su parte, María del Pilar Álvarez, David Pastén, Carolina Vargas, Josefina López y Karla Franchy, todos integrantes de la secta, fueron condenados a tres años de libertad vigilada intensiva, debido a su participación en calidad de encubridores.

Natalia Guerra, quien se mantuvo prófuga por dos años: fue quien tuvo al hijo de Castillo en una clínica de Viña del Mar. En mayo de 2021 la Corte de Apelaciones la dejó en libertad condicional tras estar cumpliendo una condena de 5 años por el delito de parricidio.

La opinión pública chilena reaccionó con rabia ante estos veredictos. “Nos ha quedado el sentimiento de que la justicia funciona diferente si se trata de gente con poder adquisitivo suficiente para pagar un buen abogado”, afirma Foxley.

Verónica Foxley. La periodista escribió un lubro sobre el caso y da su testimonio en "Antares de la luz: la secta del fin del mundo". Foto: NetflixVerónica Foxley. La periodista escribió un lubro sobre el caso y da su testimonio en “Antares de la luz: la secta del fin del mundo”. Foto: Netflix

-¿Cómo ha sido su proceso de investigación?

-Duro. Es un tema difícil de investigar porque los miembros de la secta estaban cerrados a contar lo que habían vivido. Me costó entrar en la historia y ganarme la confianza de quienes accedieron a hablar conmigo hasta que una mujer que había compartido con ellos durante mucho tiempo y superando el terror que Antares cumpliera su amenaza de matar a su novio, se escapó de la secta.

Ella estuvo meses aterrada en su casa, hasta que cuando faltaban dos meses para el parto de Natalia, fue a la policía a dejar una constancia en la comisaría. Les advirtió que había un grupo que tenía un líder que se creía Dios, que allí estaba su mejor amiga y que había una mujer embarazada cuyo hijo corría peligro. Lamentablemente, no le dieron importancia y quedó archivada en algún sitio en medio de telarañas. Si alguien en ese cuartel policial le hubiera dado entidad a esa persona, tal vez la historia habría sido otra.

Una de las casas donde permaneció la secta, en la zona rural de Colliguay, en la región de Valparaíso, Chile. Foto: NetflixUna de las casas donde permaneció la secta, en la zona rural de Colliguay, en la región de Valparaíso, Chile. Foto: Netflix

-Algunas críticas se han alzado sobre el documental considerando que apunta a limpiar en cierto modo las responsabilidades de los participantes de la secta. ¿Cuál es su opinión?

Creo que se mezclan muchas emociones. Este documental no puede dejarte indiferente habiendo un crimen tan horrible (N. de R: dos días después de su nacimiento, el líder le ordenó a sus seguidores que cavaran un hoyo en el cerro donde más tarde el bebé fue quemado vivo). Sí logro advertir que la historia causa mucha rabia, impotencia por la brutalidad de lo ocurrido. Entonces hay una suerte de rechazo a oír y además creer lo que les pasaba por la cabeza a sus integrantes, cómo habían operado los mecanismos de control mental en este grupo y lo que más ira produce son las condenas que dictaminó la justicia.

-¿Qué paralelos podría hacer con Colonia Dignidad, otro caso emblemático en Chile?

-Son diferentes, porque esta era una agrupación de colonos alemanes que tenía fuertes lazos con la dictadura de Pinochet y cuyos líderes eran nazis que habían escapado de Alemania. No hay que olvidar que hay testimonios de que ese lugar fue un centro de tortura. Recuerdo que una vez entrevisté a Manuel Contreras, hijo del ex jefe de la policía secreta (DINA) y aparato represor del régimen, que me contó que él era un niño y que en varias ocasiones estuvo allí. El conocía la cercanía de su padre con Paul Schaefer, el abusador sexual y líder de esta colonia.

Si excluyes a los altos mandos de Colonia Dignidad, sus integrantes no tenían contacto con el mundo exterior y fueron adoctrinados desde que nacieron. Por ende, era la única realidad que conocían, la única manera de vivir era esa. Fueron víctimas de abusos sexuales, de torturas, también de trabajo forzado y de una violación contante de sus derechos humanos. Tenían armas y acceso al mundo del poder. Tal vez en lo que si pueden tener alguna semejanza es en el adoctrinamiento, en algunos castigos y en el uso de técnicas de control mental destructivo como la manipulación, restricciones sexuales, el culto al líder, la demanda de “pureza” y los castigos. En sus testimonios ellos relatan una anulación del pensamiento crítico, de la racionalidad.

El libro de Verónica Foxley sobre Antares de la luz, el caso que estremeció a Chile y es ahora un documental. Foto: NetflixEl libro de Verónica Foxley sobre Antares de la luz, el caso que estremeció a Chile y es ahora un documental. Foto: Netflix

-¿Considera, a partir de su investigación y experiencia, que la sociedad chilena es proclive, por alguna causa, a las sectas?

-No. En todos lados surgen sectas, no tiene que ver con los países sino con la pérdida del sentido de la vida, de un vacío espiritual y mucha soledad. A partir de la investigación para el libro pude darme cuenta también que hay que tener las alertas encendidas porque algunas organizaciones coercitivas se esconden bajo apariencias inofensivas como talleres de sanación, movimientos new age, todo tipo de cultos, organizaciones de crecimiento espiritual y laboral.

Las sectas están mucho más cerca de lo que sospechamos y sus mecanismos operativos hoy son más potentes, ya que usan las redes sociales para reclutar posibles adeptos que en su mayoría terminarán siendo víctimas. Eso ocurre por varias razones, la primera es que en Chile la ley garantiza la libertad de culto, lo que implica y a la vez supone que las personas eligen por su propia voluntad donde quieren estar, por ende para perseguirlas penalmente debe haber un delito; y lo segundo, porque los sujetos que están en sectas no se dan cuenta, ya que creen en lo que dice el líder. Además, el solo hecho de pensar en escaparse y denunciarlas les causa un temor paralizante. Es tan fuerte el poder de las sectas que las víctimas que logran liberarse de sus tentáculos deben someterse a terapias y demoran mucho tiempo en “desprogramarse” y las más de las veces tardan años en recuperarse.

Es precisamente este último punto que relata Foxley el que se revela en la voz de Undurraga, padre de un adolescente y hoy en pareja, quien inicia el documental y advierte que si contara todo aquello que efectivamente sucedió quien está del otro lado de la pantalla no podría seguir mirando. Crudo, certero, espeluznante y con una fotografía impecable que acompaña los hechos.

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